Cuando la arquitectura se convierte en arte visual
La globalización ha hecho que los mismos arquitectos transformen sus obras en iconos, construyendo los mismos edificios en diferentes partes del mundo.
La arquitectura contemporánea se dirige al ojo. La globalización ha hecho que los mismos arquitectos transformen sus obras en iconos, construyendo los mismos edificios en diferentes partes del mundo. Podemos decir pues que la arquitectura se ha convertido en un arte visual, porque busca un impacto inmediato, casi publicitario, como consecuencia de la comercialización del mundo y de las implicaciones económico-políticas que lo rigen.
Llegamos de esta manera a una doble vertiente en la que,
por un lado se enfatiza al arquitecto “superstar” y por el otro se desvirtúan,
cuando no se aniquilan las estructuras culturales específicas de cada cultura,
despersonalizándolas y privándolas de esa “geografía emocional” que hace de una
ciudad un espacio para vivir, en el que el hombre afianza su identidad y se
reconoce en el trato que establece con las cosas. Hace más de 50 años Martin
Heidegger recordaba que “la manera según la cual los hombres somos en la tierra
es el Buan, el habitar [1]”.
La arquitectura debería estar pues social y culturalmente
orientada, pero muchas veces se dirige a la creación de monumentos
referenciales, sirviendo más para unos fines egocéntricos y limitados que para
los seres humanos y su goce. Con palabras del gran urbanista Manuel de
Solà-Morales “El éxito publicitario de la mayoría de las arquitecturas más
famosas es un enemigo. No sé si es una tumba, pero desde luego es una
enfermedad [2]”.
Al verlo con esa perspectiva, nuestro “espacio vital” se
dilata y se extiende: ya no son las cuatro paredes de la casa, casa “búnker” o
casa “cárcel”, madriguera-refugio que hay que defender contra el “enemigo”, ni
las calles de los barrios suburbanos, ese mundillo deshumanizado y
deshumanizante, sin alma ni historia, que acaba deconstruyendo la ciudad y la
vida social y simbólica que se desarrolla en sus formas espaciales: “de la vida
asociativa de la ciudad se pasa a la vida disociativa o disociada, [...] se
recrea una suma de individualismos que compiten entre sí y desconfían unos de
otros” [4].
En una ciudad “de” y “para” el hombre, para vivir y -
¿por qué no? - para ver, que como la Zaira y la Tamara de Italo Calvino, nos
cuenta su pasado “en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas,
en los pasamanos de las escaleras...” y “La mirada recorre las calles como
páginas escritas [5]”, ya no hay enemigos, sino personas y, como ellas, sus casas,
sus calles y sus ciudades deben aprender a abrirse y a comunicar.
Otro mundo es posible.
[1]
"Construir,
habitar, pensar" conferencia, 1951
[2] “Me interesa la piel de las ciudades”.
Entrevista, El País semanal 12/10/2008
[3] Chuck Palahniuk, El club de lucha, El Aleph
Editores, Barcelona 1999
[4] Rubén Pesci,
La ciudad in-urbana, CEPA,La Plata, 1985
[6] Carlos Garaicoa. La Generazione delle immagini. Postmedia books. 2003












