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Igual que nosotros, los editores

En 1958, cuando yo entré en Random House, era una destacada editorial americana que publicaba libros de interés general, pero su guía de teléfonos interna, que incluía al centenar aproximado de empleados, no ocupaba una hoja del tamaño de una tarjeta post

En 1958, cuando yo entré en Random House, era una destacada editorial americana que publicaba libros de interés general, pero su guía de teléfonos interna, que incluía al centenar aproximado de empleados, no ocupaba una hoja del tamaño de una tarjeta postal. Para nosotros, en aquellos tiempos, Random House era una segunda familia, insólitamente feliz, cuyo domicilio diurno cabía cómodamente en el ala derecha de la antigua mansión Villard, en la esquina de Madison con la calle 50, con su vestíbulo de mármol blanco y negro, su inestable ascensor y su patio, donde teníamos derecho a seis preciosos espacios de aparcamiento: los otros doce pertenecían al arzobispado de Nueva York, que ocupaba las secciones central y meridional de la mansión. Mi despacho, de paredes verde oscuro, suelo de parqué gastado y un balcón a lo Julieta que daba al patio, había sido un dormitorio, y algunas veces, cuando llegaba al trabajo, encontraba a un autor caprichoso que había pasado allí la noche, no siempre solo. Aquellas oficinas eran un segundo hogar tanto para escritores como para nosotros. La señora Debanzie, nuestra recepcionista escocesa, solía mandarlos arriba para que los recibiésemos sin haber sido anunciados: W. H. Auden, con su abrigo raído y zapatillas de felpa, venía a entregar el manuscrito de La mano del teñidor; Ted Geisel, conocido como el Dr. Seuss, venía con sus guiones gráficos a recitarnos Huevos verdes con jamón en el despacho espacioso y cuadrado de Bennett Cerf, al fondo del pasillo; el cardenal Spellman nos trajo sus poemas, que publicamos como un acto de buena vecindad y para evitar controversias con los monseñores acerca de nuestros aparcamientos. En mi memoria asocio a nuestros autores con partes concretas del edificio: Terry Southern sentado a una mesa de madera en la sala de correo del sótano, al lado de la máquina franqueadora, cacareando con su exagerado acento de Texas escenas que había escrito para Teléfono rojo: volamos hacia Moscú; Andy Warhol fuera de mi despacho, en la cima de la en tiempos grandiosa pero ahora maltrecha escalera de mármol, haciendo una ligera reverencia y dirigiéndose a mí, en un susurro deferente, como señor Epstein, como si yo fuera un patriarca y no un tipo con un suéter astroso y pantalones de pana poco mayor que él; John O'Hara, con un terno de tres piezas, exhibiendo su Rolls-Royce en el patio un día soleado; Ralph Ellison en mi despacho, fumando un puro y explicando con las manos cómo Thelonius Monk perfeccionaba sus acordes.

Aunque nuestros autores delegaban en sus agentes las negociaciones con la casa, Random House era para muchos de ellos su familia, como lo era para nosotros. Hoy, muchos sellos editoriales se han disuelto dentro de vastos consorcios de medios de comunicación, y muchos autores dependen ahora de sus agentes como antaño dependían de sus editores para asegurarse el sustento. Pero, hace cuarenta años, el agente no era más que una necesidad secundaria, como el dentista, al que sólo visitamos cuando nos hace falta, no la figura predominante en la vida del autor en que se ha convertido de entonces acá. En la mansión Villard, los editors casi nunca celebrábamos reuniones, sino que intercambiábamos noticias y chismes o pedíamos consejo cuando nos apetecía, a menudo a autores que por casualidad estaban en el edificio. En muchos casos, esos autores se convertían en amigos para toda la vida. Pero en Random House, a diferencia de en Simon & Schuster, una familia mucho más íntima en aquel entonces, la vida privada de los editors rara vez se cruzaba, y muy pocas veces nos veíamos fuera del trabajo. La mayoría de nuestras amistades eran los autores, y celosamente nos reservábamos estas preciosas intimidades. Un ejército regular vive en cuarteles. Los ejércitos de guerrilla viven en medio del pueblo que les sostiene y por el que luchan. Igual que nosotros, los editores.

La industria del libro: Pasado, presente y futuro de la edición, Jason Epstein.
Editorial Anagrama. Colección Argumentos. Barcelona, 2002
Traducción de Jaime Zulaika

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