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La fábrica de helados (cuento)

"La fábrica de helados" es un cuento casi irónico incluído en mi libro "Ilusiones (Ek 2.0)".

                                                     La fábrica de helados 

   En la fábrica de helados pasan cosas, dicen que en las noches de luna nueva, allí, en plena oscuridad se oyen rugidos de maquinarias y ciertos espectros creen que aun ese es su lugar. 
  No sé por donde empezar, aunque tal vez deba hacerlo por el principio. 
   
Aquella noche éramos varios, ya no recuerdo bien quienes; es que se hace difícil nombrar nombres propios con propiedad.
   Nos acercamos al lugar y ni los grillos cantaban, el herrumbre y el óxido se habían convertidos en dueños de sus portones. La noche estaba cerrada como un puño, unos ojos oscuros y fantasmales se posaban sobre nosotros, éramos protagonistas de nuestro destino y después de tantas idas y venidas, juntamos valor, saltamos las vallas y entramos.
   A unos metros nos topamos con un anciano que decía haber estado trabajado allí durante 43 años, toda su vida, hasta que se jubiló; ahora solo guarda viejas fotos en blanco y negro que mezquinamente no nos mostró y vive de penas y de recuerdos de falsas oportunidades y de las sobras de las sobras de las sobras.
   No le hicimos caso y seguimos, la verdad que daba miedo, el suficiente como para darnos valor y entrar, ya los gatos se habían ido a dormir y nosotros despertábamos ante lo que se ofrecía delante nuestro.
   El olor a humedad penetraba en los poros y nos asfixiaba, jamás habíamos sentido tanto calor; la verdad es que al pensar en helados, pienso en frío, no en ese calor agobiante.
   Después de recorrer en silencio y con una sola linterna llegué a dos conclusiones, la primera: que a las ratas no les gusta el helado (por eso no las había), la segunda: que a las cucarachas si.
   Cuentan los lugareños que desde su cierre no se supo más del resto de sus empleados, es como si se hubieran esfumado del mundo, aun las viejas, las mas chismosas y cotillas, tienen reparo a la hora de hablar de aquel lugar. No se por qué lo respetan tanto, parece que le tienen miedo.
   Era noche de luna nueva y nosotros deambulábamos por aquel lugar, conocíamos la leyenda y nos acercamos, queríamos ver los espectros de un pasado de gloria y como la maquinaria hacia helado de la nada, o como la nada se transformaba en helado; llegando a helar aun mas esta fría realidad.
   La fábrica nos guiaba, por sus pasillos había huellas extrañas y desconocidas; uno de mis acompañantes habló del demonio, de extraños ritos que allí se practicaban, otro me habló de un milagro que allí sucedió, es que la fábrica lleva cerrada tanto tiempo, que solo quedan recuerdos de recuerdos y nada mas.
   Un ruido ensordecedor nos hizo asustar, eran los motores de las calderas, alguien los había encendido, uno de mis acompañantes miró hacia fuera y vió al anciano que desde su rincón nos gritaba que él ya nos lo había advertido. A esa hora era mejor esperar a que las brujas terminaran el postre y después mejor salir, no queríamos caer en la tentación, pero escapar era mucho mas fácil.
   Así y todo, fuimos hacia el lugar de donde provenía el estruendo, en el camino nos fuimos topando con otros sonidos, emitidos por máquinas extrañas, nadie las movía, pero ellas se manejaban. Se oían voces y gritos, no de dolor ni de llanto, eran voces de trabajadores, como venidos de otra dimensión, del mas allá de un mas acá no descubierto.
   A medida que avanzábamos el olor a humedad se transformó en aroma de fantasías, el helado fresco nos invitaba a continuar, a proseguir en nuestra curiosa procesión, un ruido de sirenas nos hizo detener, era la hora del descanso, aquellas ánimas se debían alimentar, tal vez de la curiosidad que despertaban en nosotros, no lo sé.
   Alguien sugirió que paremos, que nos detengamos y nos dividamos, la idea no estaba mal, el lugar era laberíntico, eso alimentaba más nuestro deseo de aventura.
   Yo fui en el grupo de los mas cobardes, avanzábamos al compás psicofrenético de un Padre Nuestro emitido desde el mas ahogado murmullo, la garganta me apretaba y la visión se me nublaba con las lagrimas acumuladas, aquello era grotesco, creo que los vi; en medio de sus gritos me perdí y convertí en uno mas, había que trabajar, esa era lo único que quería hacer. Fuimos absorbidos.
   Recuerdo que queríamos salir pero algo nos decía que había que producir, como si nuestra alma fuera nuestra y no nos perteneciera, gritábamos libertad y trabajábamos sin piedad, nuestro circulo fue vicioso y el anciano por un hueco en la pared nos miraba y reía. Él era el guardián del lugar, eso fue lo que nos dijeron, él cuidaba que nadie se escapara sin antes trabajar lo suficiente como para cumplir su condena en cadena.
   Había mas gente como nosotros, curiosos de otras generaciones que estaban integrados a la plantilla, no se como ni por que, pero disfrutaban de su castigo.
   Mis amigos decían que les gustaba, que algo los animaba a más, estábamos todos en la misma, yo también me sentía igual.
   En un movimiento brusco resbale y caí al suelo, desde mi lugar en la inconsciencia oía voces, gritos y murmullos, no entendía lo que me había pasado.
   Al despertar, alguien me estaba echando broncas; me había quedado dormido en mi puesto de trabajo, en la fábrica de helados…
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Publicado por Jesús Granero el 10 de Mayo de 2009

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